DANZANDO EN EL FILO DE ESTE MUNDO

La otra noche tuve un sueño en el que me acercaba a un grupo de danzantes. Moviéndose agraciadamente en círculo, vestían atavíos carnavalescos y giraban alrededor de un danzante central que flotaba en el aire haciendo piruetas. Dentro del sueño me pregunté quién era este hombre y cómo hacía para volar. Sus piernas se difuminaban por momentos, desplazándose en el aire, sin tocar el suelo y sin salir del círculo. Intentaba darle una explicación racional, seguramente sería un mago y esto era un truco de esos con cables. Lo miré de cerca un buen rato pero no había nada a sus costados, ni arriba o debajo. Estaba flotando.

Estupefacto me repetía a mí mismo: No puede ser, y lo miraba diciendo: este hombre nos está engañando. Tanto insistía que en la última de mis miradas, a su costado comenzaron a dibujarse en el aire dos cuerdas que lo sostenían. Así mi mente se quedó tranquila con la explicación y me permitió volver a sumirme en la ola de los sueños.

En el día a día y "despiertos", la vida suele presentarnos con momentos, acontecimientos, que desafían la lógica del mundo en el que vivimos. Puede ser desde el resultado insólito de una elección presidencial, o un acontecimiento climático sumamente atípico, alguien que nos llama en el momento en el que le estamos pensando, un animal extraño que aparece en nuestro camino, o la mirada profunda que nos regala un loco en la calle. Las historias que nos han contado y la manera en la que reforzamos nuestro entendimiento de ese mundo como algo dado, hace que a esos acontecimientos inusuales a veces los pasemos por alto, los justifiquemos, o los subestimemos.

Pero están allí, como el danzante que dentro de mi sueño flotaba desafiándome a recordar que yo también estaba soñando.

Es difícil reconocer que el loco quizás no es quien flota, que el loco puede llegar a ser uno; empecinado en atar con cuerdas, en entender desde las formas dadas de la mente, aquello que es libre.

Cuando busqué una foto para este posteo, me aparecieron los danzantes de tijeras e inmediatamente reconocí los trajes coloridos que había visto en mi sueño. Me habían mencionado esta reconocida danza peruana, pero nada sabía en realidad. Resulta que estos danzantes realizan por días elaborados rituales de demostración de baile, destreza, y manejo de sus tijeras, que blanden con sus hojas de izquierda y derecha como cortando los hilos del tiempo. Por momentos se elevan desafiando la gravedad, por momentos caen a la tierra haciéndose unos con ella. Le danzan a la memoria de sus cerros y sus wak'as, y se les ha solido llamar "hijos del diablo", quizás porque el diablo, que tantos nombres y formas toma, no es otra cosa que el límite de nuestra propia cordura.

La danza en el Ande sirve también este propósito. Desde danzantes que pelean unos con otros, que suben a la cima de peligrosos cerros, que cargan con el peso de Vírgenes y Cristos, o se emborrachan danzando; todos ellos caminan en el abismo del mundo que conocemos, del mundo que hemos construido, y el mundo al que nos hemos atado.

Este mundo también es hermoso, con todos sus matices lo es. Pero para conocerlo hay que mirarlo por lo que realmente es.

Quizás haciendo danzar a nuestra mente, como los danzantes andinos, podamos perdernos por un instante en la magia de la vida para poder regresar aquí con una mirada más limpia.


Francisco Victoria.