HABÍA UN SABIO DE LAS ALTAS MONTAÑAS ANDINAS QUE SABÍA TEJER HILOS INVISIBLES CON SUS DEDOS.



Lo había aprendido mirando a las tejedoras de las comunidades, que al hacer su pushkay, hilado, iban poniendo la fuerza de la tierra a sus manos, haciendo danzar a los hilos y luego tejiendo en ritmo sagrado.


Este maestro hacía que la gente abriera sus corazones a poco de estar con él, los que solían callar empezaban a hablar lo que sentían, y aquellos que nunca callaban, hacían silencio. Quienes venían con dolor, salían con una sonrisa, quienes llegaban débiles, se encontraban con más fuerza.


Cuándo le preguntaba cómo lo hacía, él solo respondía: tejiendo hilos de energía, todos estamos conectados por hilos.

A mi intelecto esta respuesta no le satisfacía, y observaba cada vez con más detenimiento sus movimientos para darle forma a su arte. Veníamos con Yandy haciendo esto hacía un tiempo: estudiar con maestros y maestras, sanadores y místicos andinos, intentando comprender sus técnicas, transmitiendo más a nuestra forma de pensamiento esa magia que ellos hacen. Pero con este maestro mientras más lo miraba de frente, más se escurría.


Hasta que un día, cansado de querer entender, me entregue a sus movimientos, hice silencio y cerré mis ojos.

Luego de un rato lo ví. Eran rayitos de luz que salían de las manos del maestro y se extendían alrededor del grupo en el que me encontraba. Con un ademán, jalaba un hilo del sol, lo unía a un hilo de la tierra y lo ponía en el corazón de la persona, luego lo llevaba al corazón del otro y entretejía a todos deslizándose elegantemente en círculo a nuestro alrededor.


Los hilos a veces tocaban el agua del río, a veces bajaban desde las montañas, y se unían a la respiración del árbol que nos daba sombra. Esa era su forma de tejer.


Y este es el camino de la sabiduría andina, el que te enseña a mirar con el ojo de tu estómago y a hablar desde el ojo de tu corazón, el que te muestra como hacer que tus manos traigan calidez a lo que tocan y crean, y el que te recuerda que tanto tus pasos como tus palabras dejan una huella en la tierra que caminas y en las personas que te escuchan.

Es un camino de grandes espíritus,

y también de la sencillez de jugar con la vida como niños.

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