LOS ROSTROS EN LA ROCA




A todos nos ha pasado alguna vez descubrir rostros y formas al recoger una piedra, mirar el contorno de una montaña, o en las nubes.

Cuando uno mira con detenimiento, esas miradas aparecen por todos lados. A veces parecen rostros de ancianos que nos observan a través del tiempo, a veces animales, o inclusive objetos de nuestro día a día. Y hay una palabra para esto que es “pareidolia”, que dice que para sobrevivir en nuestro entorno y poder generar una reacción predecible a un estímulo, hemos aprendido a encontrar patrones familiares en las cosas que vemos y oímos: como ojos y bocas en las piedras, las manchas en la luna o la cara de Cristo en una tostada. Para la ciencia tiene esa explicación.


Para quienes trabajamos con la energía, podemos ir un poquito más allá y decir que son las propias fuerzas sutiles de la naturaleza las que a veces se nos revelan de esta manera. Al entrar en los caminos místicos, como seres humanos hemos pecado un poco de antropocentristas. Los ángeles son blancos y rubiones, los Extraterrestres tienen extremidades como nosotros y se mueven en maquinas voladoras, los duendes y hadas son humanos en miniatura.

Y quizás, estas expresiones de vida no humana y no “físicas”, no tengan esta forma que nosotros vemos, sino más bien es cómo se presentan para que nuestro cerebro pueda procesar lo que esta atestiguando. Ha pasado en muchos lugares del mundo con apariciones de la Virgen, a pastores, a niños, en cuevas y montañas. Grandes cúmulos de energía que se manifestaban en la manera en la que se les podía comprender. En los Andes los Apus, se muestran a través de apariciones de viajeros en las montañas, o de borrachos, o de animales específicos, trayendo mensajes, regalos o recordatorios a las personas.


Cuando a nuestros paseos por la naturaleza le dotamos de un sentido sagrado pueden suceder estas cosas, que las energías de las plantas, de dentro de la tierra, o los espíritus del agua y de la montaña, se dejen ver a través de un lenguaje que nosotros podamos comprender.

Los maestros andinos lo hacen mucho a través de las piedras y sus formas. Se ríen como niños cuando encuentran piedras con caritas o con forma de animal, y las comparten entre sí, las usan para sanar y dar fuerza a quien está débil, o para hacer reír a quien esta triste. Porque saben que estas piedras son un regalo de esos espíritus que son grandes fuerzas, mucho más grandes que el intelecto o la mente humana. Y saben (como intuitivamente nosotros también sabemos pero a veces olvidamos) que la naturaleza siempre nos está hablando.


Los grandes maestros nos invitan a disfrutar de las formas que percibimos con nuestros sentidos, pero eventualmente nos pedirán profundizar en el contacto con la energía más allá del color, el nombre, la visión, la historia, o el rostro que hemos visto, escuchado o sentido. A saborear la energía que yace más allá de nuestros filtros y descubrir el sabor de la tierra, la memoria de los ancestros, del viento, de la mirada de la gente o de la laguna en su estado más originario.


Es algo maravilloso.




Abrazos y bendiciones en tu camino,

Francisco.

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